Relato de una colombiana tras el atentado de Boston.

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Julio César Pérez Méndez adelanta un PhD en literatura Hispanoamericana en Texas Tech University.

Un colombiano cuenta la experiencia de una compatriota tras las explosiones. Aquí su relato.

Latentes comensales de esa exquisita langosta

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Juliana Gómez* y su marido, David Joyce*, eran dos de los quinientos mil espectadores que desde la ciudad de Hopkinton hasta la zona de Back Bay apoyaban a los 27.000 participantes de la versión 117 del maratón de Boston. 15 de abril, dos y treinta de la tarde; la sordina habitual de la ciudad se había disuelto entre gritos de júbilo, coros frenéticos o conversaciones en voz alta. Algunos les regalaban jugos, agua o fruta a los competidores que se esforzaban por completar los poco más de 42 kilómetros de la carrera. Presas del entusiasmo, David fotografiaba y Juliana animaba y aplaudía, “especialmente a las mujeres y a quienes competían en sillas de ruedas”, dijo. Los dos estaban a escasos doscientos metros de la meta, en el andén sur de Boylston Street, calle en cuyo borde norte, a las dos y cincuenta de la tarde explotaría una bomba frente al almacén Maratón Sport y otra más frente al restaurante Forum, ambas cargadas de metralla.

Nacida y criada en Sahagún, Córdoba, Caribe colombiano, Juliana es espigada, piel trigueña, cabellos largos y negros, una mujer sabanera de mirada inquietante: el alcanzado sueño latinoamericano de David, un maduro anglosajón, sonrisa franca, metro noventa y cinco de estatura; periodista y escritor, da la impresión de ser más eficaz para la conversación que para el baile. Desde hace tres años viven en Boston, ciudad de profesionales y estudiantes, con 625.087 habitantes. El 5 de marzo de 1770 ocurrió en su suelo la Masacre de Boston, evento descrito por David Adams como el primer paso para la independencia de los Estados Unidos.

Desde las diez treinta de la mañana Juliana y David recorrían la Boylston, entre Fairfield y Darmouth Street. Casi siempre agarrados de la mano, trataban de no extraviarse entre la muchedumbre; instintivos, preferían estar cerca de su apartamento, el 501 de las residencias del Mandarin Hotel, también sobre la Boylston. “Toda la mañana estuve tratando de convencer a David de acercarnos a la línea de meta, estábamos emocionados con la posibilidad de ver a Yolanda Caballero ?atleta colombiana que estuvo liderando el grupo femenino durante una parte de la carrera?, pero él me convenció de quedarnos donde estábamos porque pensaba que allí podíamos ver mucho mejor a los atletas”. Y es que el fervor de David iba más allá del interés por registrar una imagen; viendo los corredores quizás se veía él también, sudando, cuadríceps y gemelos tensos, tres, cuatro, cinco, once años más atrás: cuando corrió los maratones de 2002, 2008, 2009 y 2010.

A las dos en punto, Juliana le pidió a David que regresaran al apartamento. Para ese momento ya sabían que Yolanda Caballero no ondearía la bandera colombiana sobre el primer lugar del podio, como lo hiciera su compatriota Álvaro Mejía, en varones, en 1971. Juliana se sentía fatigada y no resistía el dolor en las piernas, llevaba mucho tiempo de pie. Y aunque le insistió a David para que volvieran, se resignó a estar un poco más en la Boylston. “David estaba radiante, así que acepté que tomara unas fotografías más. En ese momento nada en el mundo me habría hecho pensar en la Muerte… en el Terror”.

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Por esas ironías informativas propias de las telecomunicaciones actuales, tras explotar las bombas, a través de una llamada que a las tres y veintiocho de la tarde, hora de Boston, le hiciera desde Colombia doña Esperanza, su madre, Juliana se enteraría de que probablemente se trataba de un ataque terrorista.

Ominosas, contundentes, las dos últimas palabras del párrafo anterior, dos de las cuatrocientas más vigiladas por el Pentágono, desde el fatídico 11-S están atornilladas en la conciencia de los estadounidenses, no obstante que el Sistema de Seguridad Nacional, encargado de la seguridad interna del país, maneja aproximadamente 60.000 millones de dólares anuales; el Departamento de Defensa, encargado de la seguridad exterior, 525.000 y las Fuerzas Armadas 583.000. Pero tal como una explosión, el mal, como afirma Ricardo Menéndez Salmón: “es centrífugo, expansivo, democratizador; su fuerza radica en su capacidad de irradiación, de contaminación, de infección”.

Juliana entró al apartamento a las dos y cuarenta; David, cinco minutos después. Las ventanas en la sala contaban con dos láminas de vidrio y no estaban orientadas hacia Boylston Street sino hacia la parte trasera del centro comercial Prudential Center. El primer estallido, el de las dos y cincuenta, que los impactó más por vibración que por estruendo, no les extrañó del todo: al fin y al cabo ya faltaba poco para que la carrera finalizara y era previsible la celebración de rigor. Pero ante la segunda explosión, fue Juliana la primera que, todavía sonriente, miró hacia el Prudential y vio gente, el pánico en el rostro, corriendo en todas direcciones. Y mientras en la tibieza de su apartamento ella y David se asombraban, como tratando de descifrar un jeroglífico, las calles y edificios de Boston comenzaban a ser asperjadas por un sombrío ulular.

A medida que Juliana y David bajaban desde el quinto piso a la recepción, el sonido de las sirenas fue creciendo hasta convertirse en vigorosa y fustigante presencia. Eran las dos y cincuenta y cinco. Algunos de sus vecinos ya estaban en el primer piso, angustiados. Uno de los encargados de la recepción trató de tranquilizarlos con evidente maña: “Parece que se trata de fuegos artificiales. Un accidente, quizás”. David no creyó, quería salir del edificio. Quería cerciorarse. Quería respuestas. Juliana se agarró a él, apretó su chaqueta negra y le insistió para que subieran al apartamento. Las alarmas de los coches, las aspas cortantes de los helicópteros sobrevolando, gemidos… David accedió a subir. Al entrar, Juliana oyó el timbre de pájaros de su celular. Era su madre. David, algo aturdido, temblaba para encender el televisor. “Niña, dicen que hubo un ataque de terroristas en Boston. Tú y David cómo están”, dijo doña Esperanza y agregó: “Ahora dicen que estalló otra bomba. Van tres…”, y en el preciso instante en que David veía en la televisión local lo que doña Esperanza acababa de informar desde 4.203 kilómetros de distancia, a través de los altavoces del edificio se oyó la orden fulminante: “evacúen de inmediato”.

Ya en la calle, Juliana ?todavía no sabe por qué? recordó la vez que se cayó de su bicicleta, en las calles del corregimiento de Santiago Abajo, en Sahagún. Recordó sus rodillas sangrantes, la rueda trasera de la bicicleta girando a pocos centímetros del suelo, don Andrés, su padre, acercándose a ayudarla. “Dejamos la tele encendida”, dijo David; mi celular se está quedando sin carga, respondió Juliana. La vida en suspenso.

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Como cambiar de canal de televisión, de un programa festivo a uno de guerra; “el fácil tránsito del Homo Ludens al Homo Demens”, la Boylston Street y sus alrededores habían cambiado su faz. Se corría ahora un nuevo maratón. De los aplausos de los espectadores se pasó a los gemidos de los malheridos, del sudor de los competidores a la sangre de los mutilados, del agua para aplacar el sofoco al whisky para revivir a un desmayado. Los residentes y huéspedes del Mandarin Hotel recibieron la orden de alejarse de la Boylston por parte de los miembros de su servicio de seguridad. Por sí mismos, los advertidos se concentraron en la parte trasera del Prudential Center. Pelotones de policías antiexplosivos bajaban de sus furgonetas. “Ha sido el caos más impresionante que he visto en mi vida. Había tantos ancianos, tantos niños. Mujeres embarazadas. Una chica hablaba por un teléfono público y bañada en lágrimas le contaba a alguien que había visto un trozo de pierna”. Cuando por fin llegaron al Prudential, tras caminar algo más de doscientos metros, Juliana tuvo la sensación de haber recorrido cientos de kilómetros.

“Estuvimos en el centro comercial como hasta las diez de la noche. Nos prohibieron regresar al apartamento, así que fuimos a dormir a casa de un amigo de David”. Al día siguiente Juliana compró un nuevo cargador, se comunicó con su madre. Entonces entraron al centro comercial y pasaron frente al Legal Sea Food, un suntuoso restaurante especializado en comida de mar. Era medio día. “Entonces ocurrió algo extraño ?dijo Juliana?, a través de las vidrieras vi una mesa redonda, seis sillas alrededor, sobre un mantel blanco, bordado, varias bandejas con langostas, la guarnición de espárragos, brócoli y otras verduras. La carne dorada se veía exquisita, pero me produjo miedo. Llegué a temblar. Esa comida debía estar allí desde las dos y cincuenta de la tarde del lunes”. Transcurso cortado, la vida en suspenso: un acto cotidiano, se había transformado en algo pavoroso. La mesa servida, la delicia a punto de ser engullida. Unos comensales latentes, fantasmales, acechantes. “El estremecimiento causado por un susurro en el rincón de la chimenea o la soledad en un bosque sombrío”, decía H.P. Lovecraft. “El Terror. De modo que esto es el Terror”, comprendió Juliana.

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Eficientes, matemáticos, muchas veces ascépticos, los servicios de inteligencia estadounidenses no dudan en ir por el enemigo, casi nunca tardan en encontrarlo. El viernes 19 de abril, cinco días después de los bombazos, un sospechoso había muerto y otro se debatía entre la vida y la muerte en un hospital. “La cacería está terminada, la búsqueda terminó. El terror terminó. Y la justicia ha triunfado”, dijo la Policía de Boston en un tuiter y cientos de habitantes se volcaron a las calles a celebrar.

Juliana ha afirmado que antes de los atentados se sentía segura en la ciudad. Percepción ciudadana, por un lado; estadísticas por otro: de acuerdo al Neighborhood Scout en Boston ocurren anualmente 41 crímenes (entre actos violentos y daños a la propiedad) por cada mil habitantes, lo que la ubica apenas como 15% más segura que el resto de ciudades estadounidenses.

Martin Richard, Krystle Campbell y Lu Lingzi como víctimas fatales, alrededor de ciento ochenta heridos. Los probables victimarios materiales han sido aprehendidos, pero la ciudad tardará en borrar el sombrío ulular que la asperja. Puede ser que la “cacería” haya terminado, mas no así el terror.

Juliana y David han regresado a su vecindario, a su apartamento en las Residencias del Mandarin Hotel. El viernes tuvieron que permanecer encerrados ante el toque de queda por la persecución a los autores del atentado. Y aunque se han dicho el uno al otro que se las arreglaran para dejar atrás el suspenso, también saben que las cenizas del terror tardarán en disiparse. Por un buen tiempo verán sombras y amenazas en los ojos de quienes vayan junto a ellos en el tren; evitarán pasar frente al Legal Sea Food sólo para no enfrentarse a la imagen de sus exquisitas langostas; dudarán al momento de obturar un interruptor. Tal vez lleguen a ver un monstruoso augurio cuando un globo o una paloma crucen frente a sus ventanas. Preferirán la luz, los asqueará la penumbra.

Doña Esperanza llamó a Juliana el viernes 19, a las seis de la tarde hora de Boston. Ella está un poco más tranquila, pero Juliana sabe que sigue preocupada. También ha hablado con su padre, con sus dos hermanos y su hermana menor. Sus amigos en Francia, Argentina, México o Colombia le han enviado decenas de mensajes de apoyo. Las veces que ha vuelto a hablar con doña Esperanza, Juliana trata de que David esté cerca, y como replicando la imagen de un cuento reciente “ella se aferra a su brazo como un naufrago a su balsa”. En la última llamada, su madre le dijo que todos los días ora por ellos, y mientras oía a su progenitora, a la mujer que le dio la vida, Juliana abrazaba a su marido e inhalaba aire para poder seguir hablando. Dice que volvió a recordar sus rodillas raspadas y sangrientas, la rueda trasera de la bicicleta dando vueltas a escasos centímetros del suelo, y también pensó en la langosta con los comensales latentes. La vida en suspenso. Con la voz cortada, anhelante, confiesa que en estos días ha citado varias veces el salmo 139, el mismo que aparece en su biografía de Facebook: “A cualquier extremo de la tierra donde vaya, allá me alcanzará Tu mano”.

*Los nombres de los protagonistas fueron cambiados a petición de los entrevistados.

Julio César Pérez Méndez**

 

1 COMENTARIO

  1. Excelente relato, lleno de descripciones auténticas y vivas, que narran el dramático suceso ocurrido en Boston, vivido en carne propia por una paisana Sahagunense.

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