CUANDO TE ACERCAN A LA MUERTE.

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Esa nefasta noche, sábado 20 de noviembre, hubo movimiento en la Estación de Sahagún. Uno de los reportes policiales alertó sobre el asesinato de un docente en el corregimiento de San Antonio y horas más tarde, pasadas las 11:00 de la noche, la Policía tuvo conocimiento de que en la vía a La Arena había dos cuerpos en el camino.
Una patrulla que estaba cerca fue notificada y en cinco minutos llegó al lugar de los hechos. La macabra escena de un pequeño recostado en el pecho de una mujer impresionó a los uniformados. El asombro se posó sobre los rostros de los policías… la oscuridad de la noche escondió las disimuladas lágrimas y la indignación.

“Un niño, mataron a un niño”, aseguró uno de los agentes. “Creíamos que también estaba muerto”, aseveró el otro, mientras reconstruían en la mente lo que pasó aquella noche.

Doloroso recuerdo
El pequeño era Martín, quien desde que nació ha estado bajo el cuidado de su abuelo materno en una tranquila y alejada finca ubicada en zona rural del municipio de Sahagún. Su mamá, Marta, trabajaba en el casco urbano en casas de familia y por ello, madre e hijo se veían esporádicamente.
Hacía unos días Martín se había trasladado a la zona urbana para cumplir una cita médica, pues tenía unos granos en la piel y su mamá se iba a hacer cargo de él durante algunos días. Ambos desconocían que después de esos momentos que compartirían en familia, el inexplicable destino los separaría para siempre.
Por circunstancias de la vida que nadie podrá explicar, el último recuerdo que le quedará a Martín, de su mamá, es verla muerta, tendida en la vía que de Sahagún conduce al corregimiento de La Arena, como si estuviera dormida, pero con el cuerpo empapado en sangre por los impactos de bala que le propinaron desconocidos, a ella y a un hombre que la acompañaba.
De este hombre las autoridades establecieron que tenía 33 años de edad y se trataba de un ex paramilitar, natural de Policarpa, Nariño. Al parecer, sostenían una relación.
Los agresores le respetaron la vida al niño, de tan solo cuatro años de edad y de paso lo marcaron para toda su vida. Martín es un huérfano de madre más que deja la estela de violencia marcada por el accionar criminal en Córdoba.
La confusión por lo que acababa de presenciar invadió al pequeño. De seguro que el dolor y el temor lo impulsaron a no desprenderse del cuerpo inerte de su madre, como buscando protección. Allí, recostado en el regazo de Marta, se durmió.
El ruido de una motocicleta policial que se acercaba despertó a Martín, y sus movimientos tranquilizaron a las autoridades que pensaban que también estaba muerto. ¿Esa que está dormida es tu mamá?, le preguntó uno de los agentes al pequeño, quien con la cabeza se lo confirmó.
Martín tenía el lado izquierdo de la cabeza ensangrentada, lo que le hizo pensar a los agentes que estaba herido. Los agentes lo revisaron y trasladaron a un centro asistencial para un chequeo general. Los médicos confirmaron que no había sufrido ninguna lesión física. Lo mismo, quizá, no podrán decir de su alma.
Al rato, el pequeño fue llevado por otra patrulla hasta la Estación de Policía Local y pasadas las 2:00 de la madrugada los uniformados se comunicaron con los directivos del Centro Zonal del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Icbf, que se hicieron cargo del niño y lo asignaron a un hogar sustituto.
A principios de esta semana, Marcos, el abuelo de Martín, un anciano de 70 años, se acercó a las instalaciones del Icbf para hacerse cargo de la crianza del niño. El reencuentro fue emotivo y las lágrimas del pequeño enjugaron los hombros del abuelo, quien no se explica por qué su hija fue asesinada en ese lugar, pues no vivía en esa zona.
Los funcionarios del Icbf le cedieron la custodia del niño al abuelo, a cambio del cumplimiento de varios compromisos que quedaron sellados en un acta, precisó Álvaro Naranjo, defensor de familia.
Uno de ellos tiene que ver con las garantías de vivir en un ambiente que no sugiera alteraciones. De seguro que el abuelo lo propiciará. Sabrá Dios si Martín no albergará odios y tristezas en su corazón contra quienes le arrebataron al ser que le dio la vida, y que con su acción criminal lo marcaron para siempre.

AUTOR: BLANCA BERRÍO MONTIEL


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