NARRACIÓN: DE REGRESO A MI PUEBLO.

Por: Edward Acosta Mendez

Parecía increíble, después de seis años  ausente de mi querido Sahagún; regresaba, aunque era una visita por poco tiempo, por lo que me propuse disfrutarla al máximo.

Me desplazaba en un  autobús climatizado de la empresa Brasilian, durante el transcurso del viaje   imaginaba el reencuentro con mis familiares y amigos, recordaba esos momentos mágicos vividos  en mi niñez y adolescencia.

A principios de los 90tas, mi futuro navegaba entre dos aguas, por un lado, continuar con la preparación cultural y pedagógica, adquirida en mi formación secundaria, pues creo ser de los pocos que en Sahagún han tenido la fortuna de aparecen en los archivos como estudiante de la Normal Lacides A. Iriarte y en los del Andrés Rodríguez Balceiro, por lo que en mi sangre se inyectó la pedagogía y la tendencia cultural. Pero por el otro lado pensaba en adelantar estudios de administración pública con el objeto de poder trabajar por mi pueblo y tratar de aportar para dar solución a los múltiples problemas sociales que se estaban presentando y a los que desafortunadamente nuestros gobernantes municipales les restaban importancia.

Mi condición de soñador me impedía entender que para cumplir con todos éstos proyectos, se necesitaba de una inversión económica que desafortunadamente no estaba en el pobre presupuesto familiar con el que en la época se contaba, mi padre hacía todo lo posible para brindarnos a duras penas la educación que sus recursos le permitían.

 El factor económico fue la bofetada que me despertó, haciéndome poner los pies sobre la tierra lo que me obligó a asumir  el rol como gregario de mi padre para impulsar a mis hermanos hasta los inicios de una formación universitaria, lo que a la postre sucedería.

Fue una etapa dura, puesto que debía tomar la decisión de abandonar  mi terruño, pues la falta de oportunidades laborales que me permitieran generar un ingreso digno en Sahagún, eran escasas  y al igual que  muchos jóvenes de mi condición, sufrimos ese desplazamiento forzoso, alejándonos de nuestras familias, de nuestras novias, de nuestros amigos y por que no decirlo, de nuestros sueños. Mi visión se perfiló y direccionó en la búsqueda de oportunidades que me brindaran la posibilidad  de surgir, por lo que me trasladé a la ciudad de Cartagena

Al llegar a la ciudad, conté con la bendición de iniciar de inmediato a laborar, era el objetivo que buscaba, pero por desgracia se convirtió en la cárcel que me alejó de mi terruño por todos esos años, teniendo como carceleros a la Responsabilidad y el agradecimiento, quienes evitaban mi  escape, sobre todo en épocas especiales como semana Santa o Navidad y fin de año.

Evocando esos hermosos recuerdos me sorprendí al notar que el autobús tomaba la curva que lo encaminaba hacia el paradero, el mítico Estadero El Samuray, las piernas me temblaban, la voz no me salía para ordenar la parada, era una mezcla de emociones, entre nerviosismo, ansiedad, desespero y alegría por haber llegado nuevamente a mi Sahagún, al final otro pasajero fue quien solicitó la parada, el automotor se detuvo frente a la esquina de la calle que conduce al estadio, a la entrada del barrio 16 de julio, descendí calmadamente, tratando de controlar el temblor de mis piernas, bajando los escalones suavemente mientras podía percibir la actividad comercial de los vendedores ocasionales de fritos y rosquitas que querían abordar el autobús para ofrecer sus productos a los pasajeros, se escuchaba música, era un ambiente alegre pues nos encontrábamos a pleno diciembre.

Pisando nuevamente tierra Sahagunense, increíble percibir otra vez ese olor característico de mi terruño, dirigía la mirada de un lado al otro, tratando de revivir mis andanza en ese sector. De pronto el embeleso generado por mis recuerdos se vio interrumpido por una fuerte palmada en la espalda, se trataba del señor Acevedo, padre de Alex Acevedo, quien fue mi compañero de épicas  batallas sostenidas con la gloriosa selección de futbol sub 17 del ARB.- Que hubo Acosta, y a continuación la clásica pregunta,  aún observando el equipaje, ¿Cuándo Llegaste?.. esa pregunta me la formularon hasta el último día en que me regresé a Cartagena. Sin embargo el saludo del señor Acevedo además de formalismo, tenía otro propósito que de inmediato capte, estaba ofreciendo su servicio de taxi, pues era su oficio ya que poseía un Renault cuatro con el que se rebuscaba la vida, la conversación fue interrumpida por un grito agudo “heey 19, nojoda llegó el perdío”, se trataba del Gordo Sarife,  propietario de la cantina que funcionaba en la esquina diagonal al Samuray,  -“ ven acá, nojoda”, a la voz de invitación y luego de entregar el equipaje al señor Acevedo, pagándole la carrera para que me lo llevara a mi residencia, me dirigí a saludar a aquel personaje que me patrocinó muchas sinverguensuras. – Tómate una fría, pasándome una cerveza Águila bien helada, seguidamente la dichosa pregunta ¿Cuándo Llegaste?. Departimos un buen rato, recordamos anécdotas, me informó que en el nuevo estadero el Ipacaraí, se iba a realizar un baile con el Binomio de Oro, fue una conversación entretenida y amena, las botellas vacías de cerveza fuero adornando la mesa en la  que nos encontrábamos, lo que se convirtió en mala señal, pues esto atrajo a varios “cacheteros” que fueron arrimándose de a poco, participando de la conversación pero con la intención de que le brindaran  una o dos cervecitas, por ésta razón la situación se puso tensa y con un gesto el gordo me dio la señal para despedirnos, con la opción de seguirla más adelante, pues era viernes y aún temprano, 11:30 de la mañana. Nos despedimos, pasé apresuradamente al otro extremo de la carretera troncal de occidente, a pesar del tiempo que había pasado sin visitar a mi pueblo, no me sentía extraño, era el mismo ambiente decembrino que tantos recuerdos me producía, la gente apresurada, el jolgorio en las calles, la música a volumen considerable en las viviendas que tenían posibilidad de un equipo de sonido, todo era igual y eso me reconfortaba.

Decidí caminar, entrando por la principal arteria vial del municipio, la avenida el hospital, nunca estuve de acuerdo con ese nombre, pienso que debería llamarse Avenida San Juan de Sahagún, o avenida Antonio de la Torre y Miranda, en honor a nuestro fundador, pero bueno ese es el nombre y así la conocemos, mi travesía se vio interrumpida a la altura de la entrada al barrio el Corocito, más concretamente en la esquina de la residencia de don Humberto Sinning, en donde funcionaba un “tomadero”, cuya propietaria y administradora era una singular mujer cuyo nombre no recuerdo pero era conocida popularmente como la “manga larga”,  remoquete bien ganado ya que se vestía con camisas de mangas largas, abotonada en los puños y en el cuello; nadie sabía de su procedencia pero gozaba de simpatía en la comunidad. En la mesa de donde se generó la seña para que me acercara, se encontraban dos personajes, el profesor José Pérez Pacheco, conocido por sus más cercanos como “Jopepa”, acompañado por nadie más y nadie menos que el profesor Freddy Almanza, quienes al acercarme me propinaron el más efusivo y sincero abrazo y preguntándome al unísono, ¿Cuándo llegaste?. Nos sentamos y de inmediato llega a la mesa un redondel de frías, entablando una conversación anecdotaria, en las que se incluían palabras que solo existían en su léxico, tales como antripipucio, semifuso, inmiriscuito, cuyo significado se establecía de acuerdo a la oración en donde se empleaban. Dentro de la risa y el jolgorio de la divertida conversación se escuchó la voz de un niño diciendo. “mire docto, su mamá que allegue”, señalándome con el dedo en dirección a la propiedad familiar que poseemos en ese sector, dirigí la mirada hacia el lugar señalado y pude observar  a mi querida  madre, que al darse cuenta de haber llamado mi atención, levantó su mano derecha hasta la altura de su barbilla realizando movimientos con sus dedos juntos hacia dentro y hacia fuera como si estuviese abanicándose, señal inequívoca de “ven a comer”, acto seguido me despedí de los docentes con la promesa de que regresaría.

Evidentemente, ya mi mamá, al enterarse  de mi llegada, preparó un suculento sancocho de gallina que ingerí con gula después del interrogatorio de rigor preguntando por el estado de los demás familiares en Cartagena, acto seguido y sin perder tiempo me dirigí a la calle nuevamente, pero con sigilo para evitar el llamado de los dos alambiques que había dejado donde la “manga larga”, llevaba la intención de llegar a visitar a mi abuela, me desplacé por el andén de la avenida, saludando de lejos a los vecinos pero sin lograr evitar toparme con la seño Bertha Salgado diciéndome.. “mira, te vas a pasar de largo sin saludarme”, de nuevo el ritual del abrazo fuerte y la tradicional pregunta ¿Cuándo llegaste?, se inició un aburrido cuestionario que trataba sobre mi experiencia laboral, los estudios que adelantaba y cosas por el estilo, del cual me rescató mi primo Nicolás Acosta que pasaba por el lugar a bordo de una bicicleta, no alcancé a saludarlo cuando me abalancé hacia  él y de un salto logré sentarme en la parrilla del vehículo despidiéndome apresuradamente de la seño Bertha. A bordo en la cicla, mi primo me pregunta ¿Cuándo llegaste?, informándome de inmediato que mi tío Rafael Acosta, se encontraba hospitalizado a causa de un síndrome febril agudo y que se dirigía a visitarlo, por lo que hicimos escala en el centro hospitalario, entramos y efectivamente mi tío Rafa se encontraba convaleciente en una camilla, pero el diagnostico no era de preocuparse ya que se trataba de una infección viral que estaba atropellando al pueblo, conocida como “El abrazo del Happy Lora”, en honor al boxeador Monteriano, que para la época ostentaba el título Gallo de la O. M. B., deseado la mejoría del paciente, me dirigí a la puerta de salida del hospital pero ¡Ho sorpresa!, me encontré de frente con el “Poeta del Guayabal” Joaquín Pérez, que haciendo alarde de su condición y característica de repentista de inmediato entonó la siguiente décima.

Soy el Peta de la costa,                                                Esto a mi si me conmueve

Soy el Poeta del Guayabal                                          Lo digo y no me da pena

Saludo a Edward Acosta                                              Llegó el hijo del diecinueve

Que llegó a su tierra natal                                           Se vino de Cartagena

La entonación de la manifestación artística se vio interrumpida con un “SSSSSShhhhhhiiiiiiiiiiiiiiiii” rotundo por parte de la seño Socorro, quien estaba de turno en la enfermería de urgencias, apenado por el jolgorio protagonizado en el lugar equivocado, salí con Nicolás hasta el exterior del hospital, preguntándole por un sitio en donde podamos tomarnos unas cervecitas, a lo que me respondió a bordo de su bicicleta, – Súbase primo, vamos donde José María Bula, pasamos la Capilla de la avenida y de inmediato nos encontrábamos en el lugar elegido, Nico, estacionó la bicicleta recostándola sobre una de las columnas que sostenían a la gran y fresca terraza en la que se distribuían mesas para acomodar a los tomadores. desde esa esquina, ubicado en un lote contiguo, pude observar por última vez, el monumento a la desidia y a la ineptitud de nuestros dirigentes, el Tanque del Acueducto, una estructura metálica erguida hasta alcanzar unos cuarenta metros aproximadamente, que jamás supo lo que fue contener el preciado líquido en su interior.

En el negocio del señor José María Bula, también se ofrecía el servicio de juegos de azar tales como dominó y arrancón, nos ubicamos detrás de una mesa en donde se jugaba un cuarto de dominoes, en donde  los contrincantes apostaban el redondel de cervezas.

En la mesa de al lado se escuchaba una animada conversación, los protagonistas; el combo de “Villa Escubilla”, un grupo de tomadores en donde se destacaban Roberto Brun, Lucho Fernández, Antonio Hoyos Bitar, Anibal Mulett Quevedo, Jorge Flores Coronado y otros, que tenían la fama de armar las mejores parrandas en Sahagún

La tarde fue cayendo y ya el efecto de las cervezas estaba haciendo mella en mi organismo, por lo que decidí nueva mente dirigirme a visitar a mi abuela, aprovechando un descuido de Nicolás salí disparado por la acera al llegar a la siguiente cuadra en el corredor yacían sentados Toño y Alexis Sánchez, acompañados de varios muchachos, descansando de un picadito de futbol que habían tirado en el patio del taller de propiedad de su tío, al verme Aléxis exclamó, ahora si llegó el que nos va a mandar las frías estrechándome la mano al igual  Toño, lo que me comprometió y de inmediato saqué el dinero del bolsillo para mandar a comprar las cervezas. Por ser contemporáneos teníamos anécdotas de amores frustrados, de bailes en los que nos invitaban y en los que llegábamos sin ser invitados, a la reunión se integró José Luis Montaño, llegando a bordo de una motoneta Suzuki FZ-50, considerada el furor de la época, a quién le pedí el chance hasta la casa de mi abuela, despidiéndome de los Sánchez, no sin antes ayudarles a empujar el viejo bus de su tío que no quería encender.

A bordo de la motoneta, tomamos rumbo hacia el centenario, pero   José Luis hizo una parada inesperada frente a la Gasolinera de los Flórez, más concretamente en un negocio llamado “El Molino Rojo”, al momento de descender de la moto, José hace una señal al señor Cesar, propietario del negocio quién lucía una franela o suéter chino blanco con la publicidad del cigarrillo piel roja; inmediatamente se aparece con dos cervezas, limpiando una mesa y acercando dos viejas bancas de madera con vista a la avenida, al sentarme pude observar el interior del lugar en donde quedaban solo vestigios de lo que era un próspero negocio, José trató de ponerme al día, con respecto a nuestros amigos y amigas en común, pero yo no prestaba atención a sus relatos, me concentraba en observar cada detalle de aquel sector, miraba hacia la gasolinera, parado a un lado del surtidor el señor Portacio, el eterno empleado de los Flórez, detrás suyo, estacionada frente a las oficinas administrativas, una  camioneta roja, cuyo modelo quizás de la época de los 40tas, conservada como nueva y considerada el orgullo de la familia, al lado derecho el surtidor de Keroseno, en donde se encontraba Don Guillo Vidal, propietario de un negocio en el centenario, llenando varios galones con el combustible, que transportaba en una carreta para venderlo menudeado en su negocio, en la casa contigua a la gasolinera, sobre el corredor, varios muchachos jugaban una partida de dados corridos, entre ellos logré reconocer a “el Sato”, “el sapito”, “el mico Sotelo”, Manuel Acosta, “el Mino Acosta” y a un lado con un brazo apoyado en el tallo de un árbol de abeto y con la otra mano dentro de su pantalón, frotándose sus partes nobles, se encontraba “el Manco Elias”, quién no perdía detalle de cada una de las jugadas que se gestaban en el improvisado redondel. Divisando al otro lado de la avenida se encontraba “el Mono Calabazo”, con su hermano “el Chichale”, lavando un bus de su propiedad, al que tenían afiliado a la empresa Torcoroma y en la terraza sentada en una mecedora su mamá, Olga “Calabazo”, sobre nombre del cual nunca se supo procedencia; sentadas en el corredor de la vivienda, se encontraba su hija Yolima acompañada por Clara Cárdenas, Lina Sánchez, Ángela Urzola y Yolima Reino que conformaban el ramillete de niñas más hermosas del sector.

La actividad nocturna se apoderaba de la avenida, la iluminación de navidad se activaba en cada una de las viviendas,  la conversación con mi amigo José Luis Montaño tomó ribetes de nostalgia ya que se evocaron recuerdos de los años de adolescencia, el estado de “sabrosura”, fue rayando con la borrachera, hasta que a la media noche fui recogido nuevamente por el señor Acevedo en su Renault 4, enviado por mi madre, pues a sus oídos llegó la noticia de que ya tenía encima una “pea” de dos pisos.

Al día siguiente me levanté y luego de asearme y desayunar, me hice la pregunta;  ¿será que hoy si puedo llegar donde mi abuela?

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5 Responses to “NARRACIÓN: DE REGRESO A MI PUEBLO.”

  1. anderson says:

    excelente historia edward.

  2. anderson says:

    Que triste es ver a Sahagun con gente inculta, disque es la capital cultural, el que escribe piensa y tiene buenas ideas pero el que critica no sabe ni que es la NARRACIÓN, asi que un poco más de respeto, esta pagina es para los Sahagunenses; no para los que critican y den mala imagen para el pueblo.

  3. Excelente Narración muchos de los Sahagunenses que regresan se van a sentir identificados…

  4. Leiver Diaz says:

    Excelente historia, muy nostalgica y entretenida.

  5. No estoy para nada de acuerdo

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