LOS PARQUES.

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Por: Andrés Elías Flórez Brum.

Hace poco, ha llegado al puerto de Cartagena de Indias el capitán Jaime Brun. Ha anclado en el puerto la corbeta en la que ha  arribado y le ha telegrafiado a sus parientes de Sahagún para que lo esperen. Pues,  piensa internarse por unos días en el continente.

Les ha comunicado que ha pescado, en el Caribe,  en una isla de Centro América, una enorme tortuga.

Y que la tortuga ha sido el dolor de cabeza del viaje por el espacio que ha ocupado en la corbeta.

Ahora, el capitán Jaime Brun,  piensa obsequiar  la enorme tortuga a los parientes de Sahagún.

Les ha mandado a decir en su lacónico comunicado que alisten, que acondicionen,  un espacio bien grande donde la puedan tener.

Los parientes del capitán que se han dado a la tarea de recibir la tortuga,  han pensado, en principio, en un patio. El patio de una de las casas de los brunes. Pero al reflexionar, si en la cubierta  de la embarcación pesquera, donde tienden atunes y tiburones y hasta ballenas, ha sido un dolor de cabeza… qué se deja para un patio sombreado de almendros,  mangos y abetos.

Entonces han pensado en un parque. Un parque de Sahagún donde la tortuga sea el atractivo de la gente que  visita.

De hecho, como en Sahagún hay pocas cosas curiosas o atractivas que puedan llamar la atención de los visitantes, esta enorme tortuga, por su caparazón y la manera de alargar el pescuezo cuando saca la cabeza,  podría ser la atracción de los turistas.

¡Nadie se quedaría sin pasar a ver a la tortuga!

Se han ocupado de buscar el lugar, Carmen Brun, Oswaldo Brun, Roque y Ricardo y también se quieren sumar  los mellos. Los gemelos que no dejan fruta madura que no tumban.

Al salir de casa, ahora mismo, se encuentran Carmen y Oswaldo por las calles en pos de un parque donde se pueda rediseñar una alberca de 20  x27 metros,   para albergar aLa Brunela, como la han bautizado.

Carmen le dice a Oswaldo con  aspaviento:

–¿Entonces,  tú  no sabes que en Sahagún han hecho diez parques nuevos?

—¿Diez parques? –pregunta Oswaldo un tanto incrédulo, con una cámara fotográfica colgada en el cuello.

— ¡Carajo! – exclama Carmen — ¿Cuánto hace que tú no vienes de Bogotá a Sahagún?

—¡Uuuh! Hace rato —dice Oswaldo.

“¡Diez!,” vuelve a exclamar Carmen mostrando  los dedos de las manos.

Van a pleno medio día por Calle Larga. Sudan. Y hablan.  No hay   sombras

en los aleros de las casas donde ampararse, ni hay andenes por donde caminar. Así que sudan y hablan. Pero ven que en la esquina próxima ya está Roque.

Roque que ya sabe el cuento del reptil  los aguarda. Tiene la camisa abierta en los botones de arriba.

Carmen empieza a hablar antes de acercarse del todo a Roque.

—Cómo te parece –le dice—que Oswaldo no sabe que en  Sahagún hay diez parques nuevos.

— ¿Parques? –dice Roque de manera discreta, en vez de mirarlos,  mira ahora al piso.

—Es que hemos pensado que en lugar  de un patio grande, se debe construir una especie de piscina en un parque –dice Oswaldo.

—Vamos al San Roque  –dice Roque como si hubiese sintonizado la idea de Oswaldo –. Es posible que allá en el parque quepa la tortuga.

Toman el rumbo dela Calledel Comercio y después se van derecho a la plaza de San Roque. Allá se encuentran con una novedad. El parque lo han cercado. Lo han cercado para construirlo de nuevo. Se encuentran con una vecina de San Roque, María Geney, que parece estar dando gritos por la novedad.

En sus lamentaciones les dice a los tres: “Vengan, vamos, vamos hasta la esquina primera” y los acerca hasta la puerta de la casa donde están los fundadores de la plaza.

En la puerta de esta casa están los señores, Francisco Muskus, Juan Quintero y Vicente Herrera, el epiléptico. El epiléptico, que cada vez que despierta del ataque aparece sentado en una caja mortuoria. Se halla  ahora también sentado en una caja mortuoria. Festejan el hecho de la resurrección. Aparecen además, como en un ajado retrato, la hija de Vicente, Delina, y  los señores: Vega, Calle, Rivera, Domínguez y Algarín. En el jolgorio, en el  solar de enfrente,  han trazado la plaza y la han bautizado, Plaza de San Roque. Pues, por ser día del santo le atribuyen el milagro. Juan Quintero, alcalde de la población, toma la palabra y se apresta a afinar el clarinete para el primer fandango en esta plaza.

Cuando ven que a ellos se acerca la vecina María Geney con Carmen, Oswaldo y Roque, se quedan como estatuas. Detenidos en el tiempo, como si fueran muertos pretéritos. Estatuas olvidadas. O una postal en sepia.  A Vicente se le ve el busto por fuera del cajón. Tiene puesta una camisa blanca, manga larga, almidonada, bien planchada,  y luce un escapulario dela Virgendel Carmen. El señor Francisco Muskus tiene una hoja de papel en la mano, como si fuera a leer, por la fundación de la plaza, otro   discurso. El alcalde, Juan  Quintero,  se apronta con el clarinete en espera del fandango. Los otros señores, entre ellos, Vega y Algarín, se ven discretos, como si no se atrevieran a pisar la nueva plaza.

Entonces, irrumpen los otros, los de ahora.

Y María Geney, que no puede contener la revolución de sus ojos,  le pide a Roque que diga, que diga la verdad delante de aquellos señores. Aunque la verdad la saben también  Oswaldo y la misma María.

“Efectivamente, dice Roque, efectivamente son diez parques. Lo malo es que no los podemos localizar en la ciudad como se lo propone Carmen en este día”.

Se miran entre sí, como si estuvieran entre bambalinas, enredados para la acción.

“Se ha invertido, dice Roque, en deshacer y hacer cinco parques en la plaza Central. Cinco parques. Ahora se desbarata y se hace de nuevo el del San Roque por un valor con lo que costaría hacer tres en otros lugares. Y luego, dentro de tres años, se vuelve a romper y se construye uno nuevo. Y Sahagún sigue sin agua y sin luz”.

Todos ellos se miran, se reparan, se dicen de manera tácita… como si tuvieran en la punta  de la lengua la expresión, contra ataca. Piensan en Sahagún: Si los parques se hubiesen levantado en nuevos sitios.  Si por fin  hubiera un acueducto y se tuviera agua las veinticuatro  horas. Si hubiese luz de día y de noche. A la hora de la siesta. A la hora del partido. Del amor. Se lamentan  la suerte que han corrido las estatuas del fundador Antonio dela Torre y Miranda y la dela Princesa Barají. El abandono dela Casa dela Cultura. La fealdad del  nuevo mercado público que no presenta fachada, sino que  por los cuatro costados se le ve el trasero. Qué pasaría…  se preguntan…   si la escultura  que hizo Enrique Grau de San Pedro Claver  la levantaran  de su sitio para hacer unas bancas de cemento.

—La tortuga —dice Carmen Brun, quien  se  imagina en el instante un gran mural en la avenida del Centenario del artista  Cristo Hoyos.

—El cangrejo —expresa Oswaldo— la suerte del cangrejo.

Van ahora hacia El Centenario. Oswaldo se detiene en la reja de una tienda y pide tres bolas de chocolate, mientras lo sacude, tras saltar del corredor, el ruido de las motos.

Vuelven a la tortuga y acuerdan comunicarse con el capitán Jaime Brun.  Determinan  decirle que la devuelva, que la retorne a su hábitat. Y que más bien,  esperan que, cuando la corbeta no pueda dar un paso más en alta mar,  se las remita  en un remolcador especial.

 La  ubicarán en la sombra  de una ceiba en la puerta grande de la ciudad.

2 COMENTARIOS

  1. Excelente creación literaria, ojalá el alcalde pueda tener cinco centavos de pensamiento en este asunto

  2. Cual excelente llena de lugares comunes. Este que vive en Bogotá, ciudad de todas las comodidades y de todos los problemas, viene a decirnos que nos debemos quedar en lo mismo.Porqué no dice cuantas veces ha sido remodelada la propia plaza de bolivar, o cuantas veces la carrera septima antigua calle real ha sido levantada para volverla a hacer. Que pena no defiendo a nadie pero el parque central de Sahagún pasó de ser una mole de cemento para convertirse en un lugar agradable; que pena pero el parque el Centenario se está convirtiendo en un lugar hermoso cambiandolo por el antiguo lugar de vicio. Que pena, pero los vecinos del San Roque, patria independiente de Sahagún, no protestaron cuando vicente urueta demolió el parque para convertirlo en secadero de maiz y arroz, Que pena pero si el Capitan Brún con todos sus títulos rimbombantes estaba transportando tortugas para el fin que nos dice el autor estaba haciendo mal uso de los recursos públicos al utilizar la corbeta para transportar animales con un fin no apto a su uso.

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