El reciente pasado boscoso de Sahagún.

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Bosque en el monte Morne Jacob, Martinica. Un bosque tropical como éste existiría en territorio sahagunense y otros sectores de Córdoba si la especie humana no lo hubiera devastado. / Robert Bontine Cunninghame Graham, Aventurero, escritor y militar, logró conocer un sector de bosque sahagunense, pero en llamas.

…Por todas partes se ven selvas. Verdaderas selvas vírgenes en donde no hay habitación alguna. Las ramas de los árboles permanecen cargadas de inmensos colchones de lianas. En las tardes y a veces a mediodía y en las madrugadas es ensordecedor el aullido de los monos y los gritos de toda especie de pájaros.” […] “Los terrenos bajos están cubiertos de selvas frondosas. En ellas habitan los que se llaman Montañeros de Sahagún y de Ciénaga de Oro”.

Las anteriores narraciones  fueron hechas por Luis Striffler, un alsaciano que viajó en 1841 en búsqueda de oro por territorios que hoy corresponden a Córdoba y Sucre y que fueron plasmadas en su libro San Jorge. Había quedado impresionado por las enormes extensiones de bosque que cubrían suelos de lo que en aquellos tiempos hacía parte de la Provincia de Cartagena. Existían sabanas naturales, pero en áreas mucho más pequeñas de las que hoy se observan. Y como se puede leer, aquellos bosques o selvas también cubrían territorios de lo que hoy se llama San Juan de Sahagún.

El paisaje más común en Sahagún, las tierras bajas cordobesas y la mayor parte del caribe colombiano. Las enormes extensiones de bosque fueron devastadas para adecuar el espacio para el ganado, en su mayor parte, terrenos subutilizados.

Se hace difícil creer que la extensión de tierras de pastos con árboles aislados que constituyen lo que se llama sabanas de Córdoba y Sucre, en su mayoría, correspondía antaño a un tipo de bosque llamado Bosque Seco Tropical,  definido por el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt como una “formación vegetal que presenta una cobertura boscosa continua y que se distribuye entre los 0-1000 m de altitud; presenta temperatura superiores a los 24° C (piso térmico cálido) y precipitaciones entre los 700 y 2000 mm anuales, con uno o dos periodos marcados de sequía al año”.  En Córdoba, este tipo de bosque ha sido devastado por la acción del humano. Así, gran parte de las sabanas de las que se sienten orgullosos los sahagunenses junto a los otros pobladores de la mencionada subregión caribeña, no son más que sabanas artificiales, el producto de una matanza a grandes escalas. En Colombia existen sabanas naturales como los llanos orientales y sabanas artificiales a punta de hacha, machete y fuego como gran parte de las nuestras. Y la principal actividad que conllevó a aniquilar los bosques fue la ganadería.

Shawn Van Ausdal, Historiador y PhD en Geografía de la Universidad de California, en su libro Un mosaico cambiante: Notas sobre una geografía histórica de la ganadería en Colombia, 1850-1950, publicado en 2008, narra a través de citas cómo las actividades de la cría de ganado vacuno hacían perder terreno a los bosques: “…a partir de la mitad del siglo [XIX], probablemente debido al crecimiento de la demanda de ganado del interior y al aumento de las exportaciones en el último cuarto del siglo, una combinación de nuevos y viejos ganaderos sabaneros aumentaron el ritmo de expansión hacia los bosques que rodeaban estos pastales, y comenzaron a ejercer aún mayor control sobre la tierra y el trabajo. Striffler [en San Jorge] comentó que, desde mediados del siglo, ‘la condición del agricultor se hace cada vez más penosa, por el aumento de los potreros que se llenan de ganado vacuno, en el centro de los bosques’, y con la introducción de pastos africanos, los ganaderos de las sabanas empezaron a ‘invadir la inmensa selva del sur’ del río San Jorge y del valle del Sinú. Estas presiones expansivas también motivaron una ola de campesinos independientes que penetraron en los bosques del San Jorge y del Sinú. El resultado de esta expansión de la ganadería, para mediados del siglo XX, fue el cambio dramático de un paisaje boscoso a un ‘verde lago colosal’ de pasto…”

Robert Bontine Cunninghame Graham (Londres, 24 de Mayo 1852 – Buenos Aires, 20 Marzo de 1936). Aventurero, escritor y militar, logró conocer un sector de bosque sahagunense, pero en llamas.

Aún en tiempos relativamente recientes como principios del siglo XX se tienen relatos de presencia de bosques en Sahagún y su destrucción. Robert Bontine Cunninghame Graham fue un aventurero, escritor y político británico que pasó por Sahagún en 1917, cuya narración es citada en la obra de Gustavo Abad Hoyos San Juan de Sahagún: Sociedad Prehispánica, Colonial y Republicana. Territorio y Demografía. Cunninghame relata lo que vio al abandonar el casco urbano, luego de pasar por la plaza central y el cementerio a caballo: “…en las grandes sequías el pueblo quema los montes para abrir nuevos potreros y cuando caminábamos veíamos en el horizonte bosques vírgenes en llamas, un miserable espectáculo, comparable a la acción del hombre que se aposta en espera de alguien, lo mata y arroja su dinero a un pozo.

En un país ganadero puede ser necesario escampar los pastos recién fomentados, pero quemar los árboles de cientos de años es un pecado contra la naturaleza que debería ser intervenido por la ley.

Una brisa fuerte echó las cenizas de los bosques encendidos hacia nosotros. Caían sobre nuestros cabellos y colgaban de los pelos de los caballos. Esto hace que a uno le den ganas de rasgarse las vestiduras al pensar en la destrucción de tanta belleza, de manera tan imperdonable. La obra de mano es escasa, la naturaleza es más exuberante de lo que pueden imaginarse en el norte y quizá las cenizas fertilicen el suelo; pero yo al menos estaba alegre de que tuviésemos las cenizas sobre nuestras cabezas, porque parecía que alguien estaba adolorido.

Algunas especies animales presentes en el Bosque Seco Tropical, del que actualmente quedan sólo pocos relictos aislados.

Las lianas secas ardían, el calor era intenso y las cenizas sofocaban. A ratos un árbol enorme se venía abajo con estrépito y una densa nube de humo subía hacia el firmamento. Los caballos resoplaban, ora saltando por encima de los palos chamuscados, ora orillando con terror uno de los elevados árboles ígneos. Sobre nuestras  cabezas el sol brillaba como latón y se enfrentaba al calor que se levantaba desde los montes abrasados. Todo estaba tan silencioso como un sepulcro, excepto el rumor del fuego, porque todos los pájaros y animales habían huido; y, así, nosotros viajábamos a todo lo largo, maltrechos y tosiendo, dando rodeo en ese purgatorio de la naturaleza, hecho por el hombre, quien en su locura ha hecho para la naturaleza y para él mismo, tantos purgatorios. ”

Relatos de tal época demuestran que el bosque aún existía en tiempos relativamente recientes, a principios del siglo que pasamos. No es necesario irse a tiempos prehistóricos o muchos siglos atrás. Pero el humano actuó rápido y sin vacilar. Para 1950, B. Le Roy Gordon en su obra Human Geography nota cómo los residentes de Ciénaga de Oro y Sahagún, que Striffler había llamado montañeros, ya se conocían como “sabaneros”.

Cuidado, Tarzán!, una imagen de una campaña de la World Wildlife Fund (WWF) para concientizar sobre la destrucción de los bosques tropicales. Algunos datos señalan que en el mundo desaparecen 15 kilómetros de bosque cada minuto.

En Colombia el Bosque seco Tropical es considerado hoy uno de los tres ecosistemas más degradados, fragmentados y menos conocidos. Algunos estimativos señalan que de bosques secos a subhúmedos en nuestro país sólo existe cerca del 1.5% de su cobertura original de 80.000 km². Y gran parte de las tierras sahagunenses (de las actuales y de las que antaño les pertenecían) son muestra de ello. Ya no hay bosque. No nos confundamos con una mancha de monte, un rastrojo o un pequeño grupo de árboles. Ya las historias que tenían que ver con “el monte” pasaron. Ya no se escucha el rugido del jaguar, la voz del mono aullador, las voces de un sinnúmero de aves, la cacofonía de las guacamayas. Las mariposas no engalanan el espacio. No se ven tantos colores en movimiento. No se perciben tantas fragancias. El agua no brota del suelo. Y el humano…debe estar contento.

AUTOR : Paulo González Brun

Biólogo.

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