RECORDANDO A ELIZABETH.

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Era una tarde fresca de Marzo cuando conocí a Elizabeth. Llegó en una bicicleta hasta el cuarto que tenía arrendado María “Tolete”, frente al burdel de Bertha Domínguez, donde María solía trabajar.

Era una joven de piel clara, ojos pequeños de color café, cuerpo menudo y una cadera amplia y bien formada, la cual resaltaba en su jean ajustado. María me la presentó, estiró su brazo y me estrechó su mano la cual era delicada y suave. “Mucho gusto, Elizabeth, pero todos me dicen la Mona”.

Bajó de su bicicleta un maletín de color negro y le preguntó a María si le arreglaba las uñas. María estiró su largo brazo hasta la mano de la Mona y le dijo entre risas: “Si me fías, por que esta semana ha estado dura. Gracias a Dios hoy es viernes y podré rebuscarme un rato en el Pantano” (nombre del burdel de Bertha Domínguez).

De inmediato la mona sacó sus instrumentos de manicure y se alistó a arreglarle las uñas a María Tolete, labor que tardó cerca de una hora. Terminada la tarea recogió sus cosas, colocó cada herramienta en su sitio, las guardó en su bolso y se preparó a partir, no sin antes decirle casi al oído a María “le dices, a ya tu sabes quién, que regreso a eso de las 8:00, que no se vaya, que me espere si aun no he llegado”.

Dicha estas palabras partió en su bicicleta. La curiosidad me llevó a preguntarle a María quién era, donde vivía, que hacia, como la conoció, entre otras cosas que deseaba saber. María sólo me contestó “A parte de arreglar uñas, se gana la vida acostándose con los hombres, y si no me pongo las pilas me quita mis clientes. Claro que yo me beneficio, porque le alquilo mi habitación y me gano mis pesos. Allí terminaron mis preguntas como también la conversación.

Muchos años más tarde, y después de escucharle a un amigo transportador, la historia de ciertas jovencitas que salían hasta la carretera en horas de la tarde a ‘rebuscarse’ con los camioneros, me di a la tarea de indagar sobre ese tema del cual yo desconocía por completo.

Fue así como logré hacerme amigo de un joven que lava tractomulas  en una estación de servicio y me confirmó que las muchachas salen a “putiar”  como él les dice. Es más, me prometió que me contactaría con alguna de ellas, le di mi número de celular para que me llamara cuando estuviera listo el encuentro con alguna de las jóvenes. Dos días después me llamó a confirmarme el encuentro, sería ese mismo día a las cuatro de la tarde en el restaurante ubicado en la estación de servicio donde él lavaba tractomulas.

Puntual llegué a la cita. Estacioné la motocicleta y el joven vino a mi encuentro. Le pregunté si habían llegado y me respondió  que tendría que esperar un momento, ya que la mujer que hablaría conmigo estaba ocupada con un cliente en una de las habitaciones del hospedaje.

Mientras esperaba, el joven me lavaba la motocicleta y me contaba algo sobre las chicas. “Estas peladas – me contaba con voz alegre – se paran aquí en las afueras del restaurante o del otro lado de la carretera y esperan a los camioneros que  aquí llegan y les ofrecen el cuerpo.

Hace una pausa y continua, “yo creo que les va bien”. Tengo una prima que se rebusca allá del otro lado, señalando el lugar y continuó diciendo: “tiene clientes fijos, ya compró celular con cámara y un televisor a color, de esos grandes. Es el único, así de grande, extendiendo los brazos como si estuviera crucificado, que hay en el barrio”.

De pronto deja de hablar, me señala unas escaleras y me dice, esa es la pelada que hablará contigo. Miro hacia mi izquierda y observo a una mujer que viene con la cabeza gacha, arreglándose la blusa y acomodándose el cabello. Mona, gritó el joven mientras se colgaba un trapo en el hombro. “Este es el man que quiere hablar contigo”. La mona levanta la cabeza, me mira, sonríe y me hace señas con la mano para que la espere, se acomoda el jean y camina hacia mí.

Fuimos hasta el restaurante y allí hablamos. Caminó delante de mi y recordé la tarde en que la conocí, hacía varios años atrás allá donde vivió María Tolete.

Después de acomodarnos en una mesa y de pedir un par de gaseosas, saqué mi cámara y la grabadora. De inmediato me dijo, nada de fotos. Pregunté si podría grabar la conversación y respondió que eso si, pero que no la comprometiera y al escribir sobre ella y lo que hacía no le colocara el nombre real.

Comencé con la pregunta más pendeja que he podido hacer. ¿Por qué lo haces? Me miró a los ojos y soltó una risa. Por qué crees, por plata como todas las demás. De inmediato comenzó a hablarme de su vida, del los años que llevaba prostituyéndose, de lo bien que le iba en el negocio, lo que había hecho con la plata que ganaba y de lo vieja que se estaba poniendo.

En el momento que guardó silencio para tomar un sorbo de gaseosa, aproveché para preguntarle por una pequeña cicatriz que sobresalía en el pómulo izquierdo. ¡Ah!, ¿ésta?, y se toca con un dedo. “Esta vaina me la hizo un hijueputa que después de satisfacerse conmigo no me quería pagar lo que le había cobrado, le di una cachetada y el malparido me dio un puño aquí, me sacó de la cabina de la mula y caí en la carretera.

De inmediato me señaló el codo izquierdo y comentó: “aquí me raspé cuando caí”. En ese instante de la conversación sonó su celular, lo mira por unos segundos y lo contesta con una sonrisa de oreja a oreja y habla con voz suave y algo cantada. La conversación solo tardó unos segundos, cortó la llamada, me miró y dijo que nos apuremos en terminar la conversación.

“Es que me recogen en un momentico. Además, hoy es quincena y tengo que ir hasta La Ye a verme con mi amiguito. Ese que trabaja en la compañía que está haciendo la carretera. Tengo que apresurarme antes de que se me adelanten las putas que cada quincena llegan a coger puesto en las residencias del lugar a esperar a que lleguen de Sahagún los obreros de la compañía después de sacar la plata del cajero.

En ese instante, al frente del lugar de donde estábamos se parqueó una tractomula. El conductor hizo sonar la corneta varias veces, asomó la cabeza y una voz con acento paisa gritó: “Mona, apúrate pues, mirá que no tengo todo el día”.

La mona dió un salto y corrió hasta la tractomula, se cuelga de la puerta para darle un abrazo y un beso en la mejilla al conductor, voltea a verme y me grita. Nos vemos otro día y seguimos hablando. Salta y se da la vuelta por el frente del tractocamión, abre la puerta del lado del pasajero y sube de un salto. La mula arranca haciendo ruidos parecidos a un trueno.

Lentamente avanzó y se perdió en la lejanía. Por unos segundos me quedo mirando la vía por donde va la mula y se ve a dos jovencitas hacerle señales con la mano a cuanto camión pasa por el lugar.

En ese momento siento en mi hombro la mano del joven que me presentó a la mona y me dice. “Ves aquellas muchachas, pues la pelo amarillo apenas tiene quince años y ya es una zorra cotizada. La otra, la morena, a esa, el marido le consigue los clientes y cuando llega de putiar le quita la plata y se va a beber ron. Esa si que es una puta”.

De la Mona no supe nada por mucho tiempo. Un día, estando en el Hospital, mientras esperaba a Pacho, el que hace las necropsias para que me diera una información, vi que una mujer delgada pedía permiso al portero de la sala de urgencias para que la dejara pasar.

La mujer entró, caminó hacia donde estoy parado, se paró delante de mí y me saludó. Por un momento, no supe quién era la mujer flaca, pálida y que arrastraba los pies, hasta que le mire el rostro y vi una cicatriz en el pómulo izquierdo.

Fue cuando recordé. Era la Mona, aunque no la misma que había conocido hace años atrás y me asombré al ver lo distinta que estaba. Me saludó de beso y me dijo con una voz algo ronca. Espérame, necesito hablar algo contigo. Siguió de largo y yo estático, me quedé observándola hasta que se perdió al final del pasillo.

El portero se acercó a mí, abrió los ojos como si estuviera asustado y me dijo, pilas hermano con esa vieja. Tiene Sida. En ese momento no dije nada, sólo esperé a que llegara la Mona. La verdad no tuve que esperar mucho, la Mona apareció y me pidió que la acompañara hasta afuera y antes de que pronunciara alguna palabra, ella me dijo con voz melancólica.

¿Sabes que tengo Sida? Sin pronunciar palabras, mi cabeza dijo no. Luego me preguntó si había escrito sobre la historia de las mujeres que salían a rebuscarse a la carretera y sobre lo que ella misma me había contado en ese tiempo.

Con vergüenza le dije que no había escrito nada, quizás por pereza, por desgano o por falta de inspiración. Su mirada triste divagaba en sus pensamientos nostálgicos, de una juventud que se había perdido por el trajín de su ‘trabajo’ y por la enfermedad que ahora le quitaba las esperanzas y las ganas de seguir viviendo.

Culpó a la sociedad que la sometió a esa vida que le tocó vivir, pues la falta de oportunidades le abrió campo en un área dónde fue bienvenida, pero que en su actual condición la llevó al rechazo social y estigmatización, que incluso la excluye y condena.

Me sugirió que escribiera su historia, después de que ella muriera. “Falta poco”, aseguró, de repente, por un impulso se inclinó en mi pecho, le di un abrazo y finalmente dijo: “Gracias, al fin me siento viva” y se marchó.

Después de cuatro meses, me enteré que la Mona había muerto y aquí estoy yo cumpliendo la promesa y atendiendo a su sugerencia.

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