LA MÚSICA DE LAS GARZAS.

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A los cinco años, Pedro Fernando Arroyo Montes descubrió los materiales que lo llevarían a forjar un arte: tarros y potes de cereales y latas de leche en polvo. “Mi vieja nunca imaginó que en vez de estar nutriéndome, lo que hacía era propiciar una vocación, afirmó Pedro con una sonrisa. “De hecho, creo que todos esos polvos comenzaron a hacerme efecto después de los 21 años, porque antes fui más flaco que un suspiro; mientras que a través de los envases, aparentemente inútiles, descubrí el encantamiento de la percusión”.

Cuenta él que buscaba las latas en estantes y anaqueles bajos, jamás por saborear los apetitosos contenidos, sino magnetizado por el placer que le producía escuchar los cilindros de aluminio estallando en masa sobre la superficie de cemento. “Una vez vacié una lata mediana de leche en polvo para usarla como tambor”, comentó con malicia. “¡Costó lo que mi papá ganaba en una semana de trabajo! El caso es que había descubierto que si la lata estaba vacía producía un sonido más fino que si estaba llena”. Con esta travesura no recibió castigo alguno, pero la siguiente sí le trajo consecuencias que lo queman con apenas evocarla. El muchachito acostumbraba escuchar por radio las transmisiones de las Fiestas en Corraleja, no tanto por una temprana inclinación a la tauromaquia como por deleitarse con el influjo de las bandas que amenizaban el espectáculo. Con un palo de escoba cortado, al que le amarraba  trapos en las puntas para formar una porra artesanal, tocaba sobre los cueros de los taburetes, imitando un bombo cuyo ritmo emergía de la radio. “En ese son estuve hasta que  el viejo me descubrió reventando los asientos con el porrazo con el que cerraba las canciones que oía”, rememoró el antiguo aprendiz de percusionista antes de lanzar esta perla: “A veces al acordarme de la cueriza siento que las nalgas me están ardiendo nuevamente”.

Pedro aún no lo sabía, pero el Porro -ese aire musical que desamarra carnes, afina espíritus y trastorna madrugadas-; ya había dejado dentro de él, la vehemencia de su simiente. Por un lado, sus apellidos mezclaban lo líquido y lo vegetal que, según la sabiduría popular, permite el surgimiento del aire de marras; por otro, le cortaron el ombligo en San Juan de Sahagún el 10 de agosto de 1977, cuando aún se escuchaba en el Caribe colombiano el bramido de redoblantes, platillos y bombos; y la luminosidad de bombardinos, trombones, trompetas y clarinetes de la Banda 19 de Marzo de Laguneta, ganadora en el mes de junio del Festival Nacional del Porro, en San Pelayo-Córdoba; hoy considerado la meca de los músicos de banda. Y si todavía la casualidad quisiera imponerse donde sólo puede gobernar el augurio, basta mirar el afiche promocional de aquel primer Festival: sobre el fondo rosado se aprecia un círculo blanco remarcado en verde y amarillo en el que reposan un redoblante de plata y un clarinete dorado del que brotan las notas de María Varilla. El redoblante es el instrumento que motivó la iniciación musical de Pedro; de su relación con el clarinete se sabrá más adelante.

Pedro estudió el bachillerato en el Andrés Rodríguez Balseiro. A los diez años ya hablaba de tú a tú con el profesor de música Angilberto Garrido y una vez se dio el lujo de musicalizar los Padres Nuestros que instauró la maestra Celmira Pérez, batiendo los lapiceros sobre los pupitres e incorporándole los guapirreos típicos de los porros. Esto último, antes que valerle una reconvención o una expulsión por parte del Rector, le representó su vinculación al grupo folclórico de la Institución, y más tarde al reconocido Arme y Desarme, cuna de connotados gestores culturales, intérpretes y danzarines folklóricos de San Juan de Sahagún. La verdad, él nunca fue un alumno indisciplinado, sólo que prefería “mejorar el proceso” adornando las clases con sabrosuras, chiflidos y toque-toques.

Sus paisanos lo veían cuando sofocado por el medio día se dirigía a su  colegio, caminando por la Avenida Principal con un mazo de cuadernos Norma sosteniéndole el sobaco izquierdo. Ñato como una pared, flaco, con la barba que parecía una media llena de tierra, las rodillas pegadas, andando siempre como si fuera tarde para alguna cita; y, gracias a una genética sugestiva, cobijado por una cabeza inmensa, coronada por finísimas hebras que hacían recordar la figura de un Diente de León.  Sí, hay que decirlo sin ambages: Arroyito era el típico pelaíto cabezón. Pero que nadie se equivoque, porque los entendidos del mundo del folklore siempre han admitido que de las malas horas “no nos libres Señor” pues de ellas surgen las más renombradas victorias, especialmente las musicales.

En esa época, Pedro adquiriría su primera mayoría de edad. El asunto comenzó el 13 del mes de mayo, poco antes de su 12º cumpleaños. En el marco de la conmemoración a la Virgen -una de las 718 festividades que se realizan en un año normal en el departamento de Córdoba-, el redoblantero de la banda invitada se fisuró el escafoides al quebrar un doble seis en una mesa de dominó; Pedro, quien pasaba por el lugar de los hechos, no le fue indiferente al director; según sus allegados, porque ya su capacidad interpretativa era manifiesta en el medio; según él porque con semejante cabecita era visible a kilómetros. Pero en resumidas cuentas el hecho era que se cumplía el adagio de que: lo que es para perro (o para Pedro) no se lo come gato. Nuestro artista no se acuerda de la torta de cumpleaños que le regalaron, pero sí recuerda con claridad que el 10 de agosto de 1989, tres meses después de que el dominó le iluminara el camino, le dijeron que en el gremio de músicos sabaneros, él era considerado uno de los mejores redoblanteros, palabras con las que le otorgaron la merecida cédula artística. Como consecuencia, Pedro tomó entonces una de las decisiones estéticas más radicales de su vida: dejarse crecer un severo mostacho, y aunque el anhelo apenas le alcanzó para que le brotaran dieciocho pelillos, no obstante sirvieron para subrayar su prematura adultez.

Pero si a los doce años y ya con un bigote traslúcido era un ciudadano en el país de los músicos, a los catorce le impusieron el sello de calidad: la banda Aires de Córdoba, antigua como una cumbia, lo llamó a sus huestes y allí se mantuvo. Bueno, decir se mantuvo no es tan exacto, porque en realidad lo que hizo fue moverse: julio-Festival del Mapalé en Buenavista, agosto-Festival de la canción en Ayapel, septiembre-Festival Nacional de la Cultura en Sahagún, octubre-Festival del Diabolín en Pueblo Nuevo, noviembre-Fiestas de Cartagena, diciembre-Festival del Hombre Caimán en Plato-Magdalena, enero-Fiestas de Corraleja en Sincelejo, febrero-Carnavales de Barranquilla, marzo-Festival del Burro en San Antero, abril-Festival de la Cumbiamba en Cereté, mayo-Festival de Bandas Folclóricas de Planeta Rica y el Encuentro Nacional de Bandas en Sincelejo, y en junio, por supuesto: el año musical de Pedro terminaba y volvía a comenzar con el Festival Nacional del Porro en San Pelayo. Evento que él esperaba con ansia y paciencia con la fe y el empeño puesto en recorrer algún día con sus dedos, la estatuilla del primer premio en la categoría Pelayera: síntesis material de una gloria muchas veces huidiza y altanera.

Y más huidiza estaría después de cuatro años de trabajo con la Aires de Córdoba, porque si la dedicación y el talento son los padres del éxito, la desidia y la rutina son las parteras del fracaso. A los dieciocho años, cuando algunos apenas comienzan a escuchar los sonidos oxidados de las bisagras abriendo las puertas del mundo, a Pedro le tocó devolverse y cerrarlas: la banda se disolvió, las presentaciones se esfumaron, el dinero se frenó, y peor aún: él quedó sin inspiración y sin ganas para continuar. “Ni siquiera un mal amor tenía en esa época, y hasta la yuca era una exquisitez”, afirmó Pedro como rastreando el origen de un dolor muy viejo.

Pero en momentos así, -la tal crisis que los motivadores empresariales enmascaran con el eufemismo: momento de oportunidades; pero que los caribes cerreros llaman: “estar vuelto mierda”-, la aparente derrota bien puede servir para subvertir el mito de que no se puede ser  profeta en la tierra. Pedro, con más preocupaciones que un desterrado, un redoblante averiado y el peso de una trayectoria en la que había visto cómo a expensas del tiempo se había ennegrecido la madera de sus baquetillas, volvía al territorio de sus primeros amores y cicatrices; aunque tal vez sin darse cuenta había recibido ya el impacto mudo de lo que el simpático de Aristóteles llamó anagnórisis y regresaba no con la saliva delgada y el ojo anhelante del principiante, sino con el sudor áspero y el oído certero del veterano.

Aquí comienza una segunda etapa de su vida. Después de semanas en blanco, logró conseguir empleo como director de los grupos de danzas del Andrés Rodríguez, y del grupo folclórico Raíces, y fue docente de percusión en el taller de formación artística de La Casa de la Cultura de Sahagún. Ese aparente período de reencuentro no sólo sirvió para que él se diera cuenta de su potencial creativo como director y compositor, sino que lo ayudó a ingresar con mayor fuerza  en una de las universidades de la música colombiana: La Super Banda de Colomboy. A casi veinte años, a Pedro apenas le faltaban las canas, el reguero de hijos o las infaltables queridas para optar al título de maestro. Corría el año 1999, y Pedro tomó otras dos nuevas decisiones estéticas: la primera, que iba a dejar de lucir su mostacho característico; la segunda, que sin abandonar el placer de ejecutar el redoblante, comenzaría a descifrar los secretos de la trompeta. Se dirigió entonces a La Casa de la Cultura junto a su amigo Manuel  Méndez, y a poco de empezar el taller del maestro Hernández sudaba a chorros y parecía sangrar con cada gota. Pedro cuenta que Manuel notó su sufrimiento y le comentó el asunto al gran mentor Éste último dejó por un instantes a los otros participantes de la clase, se fijó en él, se puso la mano en la barbilla, lo miró de arriba abajo con un ojo cerrado, y con la intuición característica de quien ha desentrañado los arcanos de la música y sabe dónde anidan las garzas, le dijo a Pedro: “Oye, muchachito, sí, tú, cabecita de clavo, no te amargues ni me amargues la vida, vas a parir trillizos con esa trompeta, a mí me parece que tú hueles es a clarinete, así que agarra uno, desquítate y no friegues más, que la música no es para sufrir, carajo”.

Fue por esa época que los polvos enlatados que su mamá le dio en su infancia comenzaron a  hacer efecto y se empezó a apreciar a un Pedro Arroyo que equilibraba peso artístico con masa corporal. Además, sacrificado el bigote, ese otro rasgo del buen músico que es la barriga cervecera, debía apreciarse un poco. Y como un hombre de esas características tiene que hacerle justicia a la apariencia, no sólo comenzó a componer canciones, sino que decidió casarse con su novia, Luz Dary Rivero, y a fe que ha sido exitoso en ambos retos. Participó en el XVII Encuentro Nacional de Bandas de Sincelejo, con una canción que muchos sospechan, era un homenaje a su físico adolescente, o un agradecimiento a la intuición de un maestro pues la tituló: El cabeza e´ clavo. Con ese tema ocupó el tercer lugar en la categoría de Porro Palitiao, y a partir de ahí, Pedro no sólo ha construido un repertorio que hoy día comienza a consolidarse en la tradición folclórica regional (Santa Cecilia, El Mosquito, Las Cosas de Pello, Pelayo Sabanero, La Chiquituela, La Ronda del Sinú, El Viejo Jarocho); sino que aquella encefálica composición ha hecho que la gente que más lo aprecia se olvide de su popular nombre de pila -que más allá del repetido piedra, significa: el que ama lo que perdura-, para llamarlo en clave de cariño: El Cabeza e´ clavo. Sin embargo, él insiste en que la mejor de sus creaciones se llama Shary Luz. Desde luego es una de sus canciones, pero más allá, se trata de la otra herencia que Arroyo ha puesto a correr en el mundo pues el nombre más que un título es una verdad que usa cola de caballo y vestiditos de encaje: Shary es su hija, su primogénita, una Luz forjada junto a otra Luz.

Toda esa fortaleza, le sirvió para que 32 años después de que doña María Eugenia Montes lo pariera, Pedro cumpliera la máxima de que los sueños no son gaseosos idealismos, sino realidades por fraguar. Ataviado con una camisa de colores sonoros, pantalón negro y zapatos de charol se presentó  en el XXXIII Festival Nacional del Porro. Varios de los espectadores que apreciaron el espectáculo coincidieron en un par de recuerdos: el silencio que devoró el ambiente cuando los cachetes inflamados de Pedro hinchaban el corazón de un clarinete embebido en destellos; y el misterio o la casualidad de un río Sinú que recogió el desmadre de sus aguas para que cesaran las inundaciones que hacía tres meses ahogaban al pueblo de San Pelayo. Por su parte, Pedro, con la pasión reventándole en el pecho y una sonrisa de misión cumplida, afirmó: “Es muy raro porque mientras estaba tocando me sentí como cuando paseo en motocicleta con Luz Dary y Shary Luz por la Avenida Principal de Sahagún  y nos desplazamos juntos a través de la frescura de la brisa”.

En el mismo instante en que se diluían las fronteras entre el 29 y el 30 de junio de 2009, sobre la tarima María Varilla, Pedro resultó ganador absoluto en  la categoría Pelayera con La Banda Nueva Esperanza de Manguelito-la que toca bonito, coronando así un periplo cuya génesis se gestó al son de unas latas de aluminio. Sin embargo, la sorpresa mayor la dio al bajar del proscenio, después de recibir la anhelada estatuilla. Un periodista le preguntó que de dónde sacaba su inspiración y las originales notas “de un clarinete que encendía hasta el extinto aroma de las trinitarias”. Pedro caminó mirando al suelo, quizás para evitar un repentino mareo  a causa de tanto flash, o quizás para forjar la justa dimensión de sus palabras. Se detuvo, y casi  como quien confiesa una travesura, respondió: “pues de las bandadas de garzas sabaneras, hermano”. El periodista, medio aturdido por lo que parecía la respuesta de un bromista de tiempo completo, replicó: “Pero maestro, cómo va a decir eso, si todos sabemos que el canto de las garzas es desagradable”. Entonces Pedro con un tono de guerrero reposado, una mirada de navegante de todos los vientos y tamborileando en el aire con sus dedos, respondió: “¿Y en qué momento dije que es por la manera en que esos pájaros cantan?, qué falta de imaginación, muchacho. Si tú te fijas en las garzas cuando salen de madrugada o regresan juntas a las ciénagas poco antes del atardecer, vas a notar que lo hacen con melodía, ritmo y armonía; dime tú si una vaina así, no es como si estuvieras viendo pasar la música”.

Autor: Julio César Pérez Méndez 

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