LA VERDADERA HISTORIA DE LA PRINCESA BARAJÍ.

Un pueblo que no sabe ni estima su historia, falto queda de raíces que lo sustenten y, lo que es peor, no tiene conciencia de su destino“. Miguel Antonio Caro, humanista colombiano.

El ilustre Sahagunense Don Joaquín Flórez Solano publicó en junio de 1995 un libro titulado SAHAGÚN de Ayer y de Hoy. Tomo textualmente de dicha publicación la historia relacionada con el hecho anecdótico que dio origen al apelativo de Princesa Barají a una dama Sahagunense.

MARÍA IRENE DÍAZ LOZANO

En el hogar de don Rogelio Díaz y doña Teresa Lozano de Díaz, doña Teresa estaba en los días de tener un hijo y mantenía en casa a la señora Mariana Acevedo, de mucha experiencia en el trato de mujeres en trance de parir. La noche del día 23 de diciembre de 1898 doña Teresa parió una preciosa niña. La noticia fue conocida en el pequeño pueblo de Sahagún.

Como era costumbre los amigos más allegados visitaban a los padres de la recién nacida y le ofrecían regalos.

El día 25 de diciembre del mismo año, los señores Eugenio Lyons, Jesús María Vergara, Juan Baldomero Aldana, Rosendo de la Ossa y don Francisco Flórez, se reunieron en casa de don Rudecindo Díaz, abuelo de la recién nacida María Irene, luego se dirigieron a la casa de los padres de la niña para felicitarlos. En el trayecto por recorrer se encontraron con el señor Juan Quintero, lo invitaron a la visita pero no aceptó porque no había contribuido para la compra del regalo. Don Juan Quintero, todo inteligencia, esperó que llegaran sus amigos a casa de Don Rogelio, luego se dirigió a ella y con disimulo, por la puerta del corral, una vez en el patio vio una hermosa mata de ají, AQUÍ VIENE LO BUENO, se le ocurrió coger una pequeña rama, le quitó las hojas, le dejó los ajíes verdes y maduros, le pidió prestado a la señora Petronila Parra, empleada del servicio doméstico, dos platos, Petronila con mucho nervio se los entregó.

El señor Quintero colocó las ramitas de ají en los platos y con la misma Petronila las envió a la recién nacida. Don Rogelio todo furioso consideró una falta de respeto y ordenó devolver el regalo. Uno de los visitantes, don Francisco Flórez, dijo: Espera Rogelio, me imagino que estas cosas solo se le ocurren a Juan Quintero, vamos a ver. Salieron al patio y efectivamente, Juan Quintero se encontraba ahí, lo llevaron a la sala de la casa y al brindar pidió permiso para ver a la hermosa María Irene. Estando en el cuarto se acercó a la cama donde estaba doña Teresa con su hermosa hija, cogió las ramitas de ají, las colocó en las manecitas de María Irene y dijo en voz alta: “Desde este momento serás LA PRINCESA DE LA VARA DE AJÍ”. La ocurrencia de don Juan Quintero fue festejada por todos los presentes.

Pasaron días, meses y años, María Irene crecía disfrutando de grandes comodidades. Los habitantes del pueblo de Sahagún, unos le decían la niña María Irene, otros la Princesa Barají.

Cuando María Irene cumplió 15 años, el joven Pedro Castro fue su primer admirador, pero los padres de María Irene, por no creerlo igual a ella lo rechazaron.

Al frente de la casa de don Rogelio, cuando llovía se formaba un charco, entonces Pedro lo llamaba “CHARCO DE LA REINA”.

Más tarde el joven Manuel Lozano, de la familia de Teresa, se enamoró de María Irene. Cuando la visitaba todo era alegría. Manuel para quitarle el nombre al charco y teniendo en cuenta la ocurrencia de Don Juan Quintero, llamaba a María Irene MI PRINCESA DE LA VARA DE AJÍ y al charco lo llamaba El Charco de la Vara de Ají.

Manuel era dueño de buena riqueza, en su finca preparaba un hermoso potro para regalárselo a la Princesa, con tan mala suerte que lo tumbó recibiendo golpes que le ocasionaron la muerte.

María Irene, enamorada para siempre de Manuel, solo pensaba en su Manuel.

La naturaleza se encargó de rellenar el charco que se formaba frente a la casa de don Rogelio y los niveles del terreno permitieron que se formara el charco en el camino que del pueblo de Sahagún llega al pozo “EL CABRO” donde las familias que vivían en Sahagún recogían agua para sus necesidades.

La frase “PRINCESA DE LA VARA DE AJÍ” quedó reducida a dos palabras “PRINCESA BARAJÍ” y finalmente la palabra BARAJÍ se ha seguido usando en la región, así: un pequeño bosque del Club Campestre de Sahagún, recibe el nombre de Bosque Barají, y un barrio que se formó y la estación de radio que funciona en el pueblo de Sahagún reciben el nombre, el primero Barrio Bosque Barají y el segundo Radio Barají. 

LA LEYENDA VALLENATA Y LA PRINCESA BARAJÍ

La leyenda vallenata cuenta que en el año 1576 una dama ibérica, presa de los celos, maltrató a una indígena, le cortó el cabello y la azotó en presencia del resto de la servidumbre, perpetrando así grave ofensa y humillación a la nativa. Un indiecito que presenció el hecho informó al cacique de los tupes, el cual montó en cólera, informó a su tribu y convocó las tribus aliadas, las cuales armadas de flechas atacan y matan a todos los invasores que encontraban en su camino. Luego llegaron al Valle de Upar, incendiaron todo y sacrificaron a los españoles que tropezaron, sobrepasando el medio centenar.

En plena refriega y en medio del humo surge la figura de la Virgen, quien recoge en su manto las flechas encendidas de los indios evitando una mayor mortandad. Ante la aparición, los indios huyen despavoridos y son perseguidos por los españoles que reaccionan violentamente; mientras los indios libraban la batalla a pie, los españoles lo hacían a caballo. Los españoles dieron alcance a los indios en la laguna de Sicarare, llamada posteriormente “Del milagro”, pero ya los indios, sabiendo que los españoles llegarían cansados y sedientos, habían envenenado las aguas de la laguna con barbasco, lo cual los intoxicaría en forma masiva. Pero nuevamente apareció la virgen y fue tocando con un báculo uno por uno a los envenenados, quienes volvieron a la vida.

Aunque la leyenda llega hasta aquí, no es difícil imaginarse la carnicería de nativos que debió ocurrir después.

Cavilando sobre lo anterior me han surgido dos pensamientos:

No resulta creíble que la Madre de Dios protegiera a los malandrines españoles, quienes –la historia lo dice- nos invadieron y cometieron toda clase de atropellos y depredaciones contra nuestras riquezas y nuestra cultura.

Lo segundo es, ¿constituye esta leyenda un motivo de celebración?

Surge entonces la pregunta obligada, ¿Bueno, pero qué tiene que ver la Leyenda Vallenata con la Princesa Barají?

En el año 2004 el maestro Juancho Nieves decide publicar el primer trabajo musical de su nueva agrupación que denominó La Tribu Barají. Con su hermano Jorge Nieves Oviedo, profesor de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena y autor de varios libros, quisieron rendir un homenaje a nuestros antepasados aborígenes y, utilizando la anécdota de la Princesa Barají, inventaron una historia donde se exalta a los indígenas, no al invasor. La historia mencionada constituye la nota de presentación del disco, cuyo texto se inserta a continuación.

La Princesa Barají, entre el recuerdo y la invención

Cuentan los que creen que saben (pero la memoria de todos sabe más) que cierta niña fue coronada con una vara de ají, en conmemoración de la astucia y valentía con que los zenúes de los primeros tiempos cambiaron su pasión de orfebres y constructores de canales por la defensa de su tierra y su cultura ante la llegada de los codiciosos españoles.

Imaginan episodios en que las mujeres seducían a los putañeros peninsulares para distraerlos mientras los hombres robaban las armas o dispersaban los caballos, o también la dedicación con que escondían el alimento mientras observaban perplejos la avidez con que los hombres barbados saqueaban un bello pero inútil metal dorado, usado para honra de los dioses y adorno ritual.

Tal vez la historia probable cuente que la Princesa Barají libró a los zenúes de la región de Sajú, en las montañas del Sanquirré, de las aguas de los pozos de El Salado y El Cabro que los hispanos habían envenenado por táctica militar y por maldad contra un pueblo más preparado para la construcción creadora que para la guerra.

La Tribu Barají con su propuesta musical hace un homenaje a esas gentes, los zenúes de ayer, que nos legaron tantos sabores, de muchas maneras nutriendo nuestra cultura, y a los zenúes del presente, que sobreviven en difíciles condiciones, presionados por las codicias y las ambiciones de hoy.
De manera que no hay tal leyenda de la Princesa Barají, realmente la dama se llamaba MARÍA IRENE DÍAZ LOZANO y lo más seguro es que el grupo de amigos que se reunió para festejar su nacimiento haya hecho la celebración con música de nuestra región.

Autor: Édgar Cortés Uparela

 

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