Alejo Durán: cien años de ¡apa! ¡Oa! ¡Sabroso!

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Por: Giancarlo Calderón

Fueron muchos hechos los que marcaron la carrera del primer Rey Vallenato de la historia, uno de ellos es que fue un auténtico juglar, porque cantaba, tocaba y componía.

Este 9 de febrero hace cien años nació Gilberto Alejandro Durán Díaz. Alejo Durán, el Negro Grande del Acordeón, uno de los mayores representantes de la música vallenata de todos los tiempos. Y fue grande por muchas razones. Preciso: es grande por muchas razones, pues gracias a su música —ese legado valioso e inmaterial— sigue estando joven y vital. Pero, ¿se pueden cumplir cien años y seguir siendo joven? Seguro que sí; en la música sí. Joven en cuanto a estar vigente en términos de calidad. Ese es el destino de los clásicos. Y Alejo Durán es uno de ellos, sin duda.

Alejandro Durán nació el 9 de febrero de 1919, en el municipio de El Paso, Cesar, perteneciente entonces al departamento conocido como el Magdalena Grande, conformando por La Guajira, Cesar y Magdalena. Alejo, como es conocido en el país, creció en un ambiente rural, de principios del siglo pasado, escenario en el que los cantos de vaquerías, que desde siempre escuchó en la finca donde vivía con su familia, coincidieron con la llegada del acordeón, instrumento musical europeo (alemán) a tierras guajiras, por vía marítima desde Panamá. En este marco geográfico y cultural, y con una familia inclinada hacía la música, sobre todo por el lado de su madre, Juana Francisca Díaz Villarreal, creció y se fue gestando el talento de quien se convertiría en uno de los músicos más queridos y admirados del folclor vallenato.

En una entrevista, concedida a Consuelo Araújo Noguera en 1968, él mismo relató sus inicios: “(…) Como a los 19 años cogí por primera vez un acordeón en mis manos. Tocaba de oído, pero no comencé tocando cosas de otros, sino creando de una vez mi propia música. Comencé a tocar y componer en firme. Vivía prácticamente de mi acordeón y lo hacía en la región de El Paso, donde no tenia competencia de ninguna clase”.

Decía que fue grande por varias cosas. Fue, por mencionar alguna, y no la principal, el primer Rey Vallenato, en 1968. Se presentó con cuatro canciones, tres compuestas por él, todas dignas de admiración y, hay que decirlo, apropiadas para la apreciación y el deleite musical: Pedazo de acordeón (puya), La cachucha bacana (paseo), Elvirita (merengue) y Alicia adorada (son), de Juancho Polo Valencia. Alejandro Durán también fue el músico vallenato por excelencia que contrarió la sentencia popular según la cual la parranda va acompañada del licor, pues él no tomaba; parrandeaba y parrandeaba, pero no tomaba. No se sabe mucho más del tema ni del porqué de esta decisión, solo que el propio músico tuvo un inconveniente de índole personal por culpa del trago y decidió, con el carácter férreo que se le conoció entre sus allegados, dejarlo de un tajo y para siempre.

Alejo Durán era un tipo tranquilo y, sobre todo, genuino. Más bien de pocas palabras y, cabe destacarlo, un hombre serio. Lo demostró en la ya famosa frase que acompañó un hecho digno y honrado, en una presentación, ante un fallo en su ejecución, dijo: “Pueblo, me he acabado de descalificar yo mismo”. Fue en 1987, en el Festival Rey de Reyes de la Leyenda Vallenata. Esa vez no fue el ganador en la tarima Francisco El Hombre, pero esa misma noche sí —valga la frase hecha— se quedó en el corazón del público, que lo aplaudió y lo apoyó hasta el final.

Fueron muchos hechos los que marcaron su carrera, pero Alejo Durán fue un auténtico juglar vallenato. Uno —¿el más?— completo, pues cantaba, tocaba y componía. En esto último destacaba, pues tenía el talento natural de la concreción; gran virtud en términos musicales: resumir en tres, cuatro o cinco minutos una historia, contarla y cantarla con detalles relevantes, justos, con matices incluso, con sentido creativo y repentino. Nada fácil. O sí: una de las definiciones coloquiales de talento lo respalda: es hacer fácil lo difícil. Así lo hizo en, tal vez, su canción más emblemática, donde rindió homenaje y declaró su amor por este instrumento al tiempo que pedía su último deseo en la tierra: “Este pedazo de acordeón / ahí donde tengo el alma mía / ahí yo tengo mi corazón y parte de mi alegría / Muchachos, si yo me muero les vengo a pedir el favor/ ay, me llevan al cementerio este pedazo de acordeón”.

Tenía, también, algo fundamental en cualquier expresión popular: la naturalidad. Narrar una vivencia propia, cercana o en cualquier caso interesante para quien la expresa, de la manera más espontánea y genuina posible. Referente a esto, dijo García Márquez, citado por Pedro Sorela, en El otro García Márquez, los años difíciles: “Me llamaba la atención, sobre todo, la forma cómo ellos (los cantantes de vallenato) contaban, cómo se relataba un hecho, una historia… con mucha naturalidad”.

Y con naturalidad y talante de músico versátil compuso muchas canciones, piezas de la narrativa oral y popular de esta región: Altos del RosarioEl caballo pechichónLos primeros díasFidelinaCompa’e ChemoEntusiasmo a las mujeres y Ese negro sí toca, entre muchas otras. Y su favorita: 039.

El mismo Alejo Durán le contó la historia de esta canción a Consuelo Araújo Noguera, en la entrevista citada, un día después de ganar el Festival Vallenato de 1968: “Aun cuando tengo muchas que gustan demasiado, tanto como esa, y que han alcanzado la fama, por ejemplo: La cachucha bacanaLa candela vivaLa perra y Pedazo de acordeón, esa (039) se la compuse a Irene Rojas, una muchacha de la cual me enamoré cuando veníamos atravesando en una lancha, por el río San Jorge, y al llegar al puerto ella seguía por un rumbo distinto al mío… Y la vi subir en un carro que tenía la placa 039. Por eso le puse así al paseo”.

Definir a un músico de estas condiciones parecería fácil, pues los adjetivos positivos y los elogios están a la orden del día cuando se trata de un talento de estas dimensiones. Sin embargo, tampoco es tan sencillo. Por lo menos es arriesgado, pues las comparaciones con otros músicos de similar altura artística —sin dejar de lado el gusto de cada quien— siempre estarán en el incómodo terreno de la polémica y la discusión sin fin. En el Lexicón del Valle de Upar, editado por el Instituto Caro y Cuervo, justamente de Consuelo Araújo Noguera, nos da luces con un adjetivo utilizado por esas tierras: mampano, que define así: “Aplícase a lo que es desmesuradamente grande en relación con el tamaño de otros de su misma especie”. ¿Es entonces Alejo Durán, quizás, el más mampano de todos los juglares de la historia de la música vallenata?

Una posible respuesta a considerar la da Julio Oñate, uno de los principales conocedores y estudiosos de este género y de la música de Alejandro Durán, en su libro El abc del vallenato. Allí lo destaca de modo justo y particular: “Así, en la misma medida en que la modalidad que cultivó y a la que consagró su existencia ha ido tomando cada vez más auge, el nombre de Alejandro Durán se perpetuará para las generaciones futuras, que sabrán necesariamente que hubo una vez un rey y su nombre es Alejo Durán”.

No faltarán los homenajes, claro. En El Paso, su tierra, lo celebrarán este sábado y domingo con todas las de la ley. No era para menos: “Se va a hacer la construcción de un parque temático y una casa museo y se creará la cátedra Alejandro Durán para preservar y difundir la obra del maestro”, comentó el 27 de enero, para Radio Nacional, Luis Durán Escorcia, presidente de la Fundación Alejo Vive y sobrino del músico. “Se va a realizar el evento en dos días: el 8 y 9 de febrero. El día 8 hay una alborada a las 4 a.m., visitas donde nació Alejo”, agregó.

No sé quién fue el que dijo que hay solo una cosa tan maravillosa como ver cine y es hablar de cine. Puede ser. En música, en cambio, no sé si funciona la máxima juguetona. La música se disfruta escuchándola, bailándola. Ahí están las canciones de Alejo Durán, llenas de vida, siempre jóvenes, para ello. Que el siglo que se cumple del nacimiento de este músico sea solo una excusa más para seguir disfrutándolo. ¡Apa! ¡Oa! ¡Sabroso!

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